Por José Ignacio Gerbasi
El sol de este este tiempo no solo calienta; brilla con una pureza que parece lavada por las lágrimas y el coraje de todo un pueblo. George Washington se había quitado la peluca, dejando que la brisa le despeinara las canas, asombrado por la luz de este valle. Simón Bolívar, con la chaqueta abierta y los ojos chispeantes de una impaciencia casi juvenil, no podía quedarse sentado.
En eso, María Corina se acercó con tres tazas de barro, de esas que guardan el calor del hogar que no se rinde. El aroma inundó el aire: café colado en tela, fuerte, negro y con ese dulzor de la caña nuestra.
—Tomen —dijo ella, con una voz que vibraba como una cuerda de arpa bien tensada—. Es café de nuestra tierra. Tomen, que este es el sabor de la victoria que ya se respira.
Bolívar tomó la taza con manos vibrantes. Cerró los ojos y aspiró hondo. —María... huele a Gloria. Huele a lo que juré en el Monte Sacro, pero con un toque de algo nuevo... ¿Qué es?
—Es dignidad, General —respondió ella, sentándose con esa elegancia firme que no necesita corona—. Ustedes nos dieron la independencia en los libros, pero este pueblo se está dando a sí mismo la libertad en el alma. Ya no esperamos que un rayo caiga del cielo; nos convertimos nosotros en el rayo.
Washington, observando el horizonte con su calma de roble, dio un sorbo corto. —He visto naciones nacer del caos, pero lo de Venezuela es distinto. Es un renacimiento. Siempre dije que “la libertad, cuando empieza a echar raíces, es una planta de rápido crecimiento”, pero ustedes han logrado que crezca incluso sobre las piedras del desierto que les dejaron.
—Es que nos quitaron tanto, George —dijo María, mirándolo a los ojos con una chispa inédita—, que terminaron quitándonos hasta el miedo. El régimen pensó que el hambre nos doblegaría, pero solo logró que tuviéramos más hambre de justicia. En este 2026, la "tremenda duda" se despejó: entendimos que la verdad no se negocia. La verdad es nuestra muralla y nuestro mazo.
Bolívar se detuvo en seco, emocionado. —¿Y el pueblo, María? ¿Todavía me buscan en las estatuas de bronce?
—Ya no, General. Ahora lo buscan en el espejo —respondió ella con una sonrisa que iluminó el jardín—. Ya no hay caudillos a los que seguir, hay ciudadanos que se lideran a sí mismos. Ese es el toque inédito: una Venezuela donde cada persona es su propio libertador. Estamos viviendo un momento donde la luz de la conciencia es más brillante que cualquier fogonazo de fusil.
Washington asintió, visiblemente conmovido por la determinación de la mujer. —“La perseverancia y el espíritu son los que finalmente ganan las batallas”. Ustedes han tenido ambos de sobra. Veo que la estructura del mal se cae, no porque la empujen, sino porque ya no tiene tierra donde sostenerse.
—Se desploman por su propio peso —añadió María Corina, levantándose y señalando hacia las montañas—. Porque mientras ellos contaban armas, nosotros contábamos voluntades. Mientras ellos sembraban odio, nosotros cultivábamos la confianza de los que saben que están del lado correcto de la historia. ¡Miren este sol! Es el sol de una Venezuela que ya se perdonó, que se abrazó y que decidió que nunca más será esclava de la mentira.
Bolívar dejó su taza vacía y le tomó la mano a María con un respeto profundo, casi sagrado. —Me gusta este tiempo, muchacha. Me gusta que por fin el pueblo sea el dueño de su propio destino. Me voy tranquilo, porque veo que la espada ya no hace falta cuando la palabra tiene tanto filo.
—No se vaya muy lejos, Libertador —concluyó ella, con la mirada puesta en un punto del horizonte donde el azul del cielo se confundía con la esperanza—, quédese a ver cómo bajamos la bandera para lavarla y subirla de nuevo, limpia, para siempre. Porque en Venezuela, el destino ya está escrito: vamos a ser libres, y vamos a ser grandes.
Washington se puso la peluca con elegancia y, antes de partir, puso una mano firme sobre el hombro de María Corina.
—Hija de la libertad —dijo con voz solemne—, me voy en paz. Nosotros fundamos una nación, pero ustedes están rescatando un alma. No olviden que la sombra siempre desaparece ante la luz; no hay cadenas que aguanten el peso de un corazón decidido. ¡Dios bendiga a Venezuela!
Tras una venia eterna, se fundió en la historia. Bolívar lo despidió con la mirada, mientras María sellaba el pacto con un gesto de victoria. El viento sopló con fuerza, trayendo el eco de un país que, en este tiempo, finalmente decidió despertar para no dormir nunca más.
Vamos por más...
@jgerbasi

No hay comentarios.:
Publicar un comentario